La familia crece.
Y es cierto que crece.
Hace unos años, cuando Udrí comenzó a adoptar forma en mi imaginación, con la Plaza Larga rendida a un cielo constelado que acolchaba las voces flamencas de aquel festival del Albaicín, no podía pensar si quiera que alguna vez aquel impulso iba a llevarme a ver la historia terminada. Pero sí, se cerró para sorpresa de propios y extraños. Y le siguió Cela, inédita y secreta, porque esa sí que no me he atrevido a hacerla pública. Y luego vino La Mudanza, con aquel premio que nos cogió de improviso. Y el ciclo se ha cerrado con El Viento y el Plomo. Una novela concluida en medio de turbulencias emocionales, una historia repleta de sacrificios, de pecados y redenciones, de decisiones y renuncias, de amor y dolor. De todo. Una historia que decidí que ardiera, pero que, finalmente, absolví porque de nada era culpable.
Y ahora, al verlas juntas, en paralelo, siento cierta emoción, no lo voy a negar. Quizá a Mario le guste algún día mirarlas con los ojos que yo ahora las veo, instalado en esta vejez prematura e inesperada.
Un saludo


Comentarios
Publicar un comentario
La única obligación es ser respetuoso…, nada más.