La tormenta de ayer
Quién podía saber lo que la tempestad ocultaba. Que sobre la lluvia se estaba construyendo un castillo de arena. Pero así ocurrió. Podría haber sucedido de otra manera, pero no fue posible. Por eso él abrió las ventanas y dejó que entrara la luz. Como si bastara con ese gesto para borrar lo poco que aún se conservaba en la habitación. La almohada seguía en su sitio, sobre el cobertor de invierno que escondía el hondón tibio que los cuerpos habían dejado en el colchón hundido. Y como protesta, dejó la toalla, todavía húmeda, abandonada sobre la cama. Casi rozando el suelo, donde las hormigas seguían su camino. Ajenas a toda obstinación de despedidas y recuerdos. Pero él bien sabía que mañana sería otro día. Mejor, sin duda. Para todos.



