El gamo y el león
Acabo de interrumpir el tratamiento que me recetaron para prevenir la malaria. Llevo dos días con unos sueños insistentes y muy vivos. Y aunque sé que carecen de sentido, no puedo evitar despertarme sudando en mitad de la noche, mirando de uno al otro lado, desorientado y con la respiración agitada, sin saber muy bien de quién huyo o qué es lo que estoy buscando. Me han dicho que este es uno los efectos secundarios de la pastilla que a diario me debería de tomar durante varios días. Un efecto tan raro como inocuo, pero yo ya tengo claro que las voy a dejar. Se acabó. Tampoco creo que esté la cosa como para ir contagiándome de una enfermedad rara en los pasillos de un hotel de lujo, por mucho que esté enclavado en mitad del Serengueti. O al menos eso creo. Imagino que será por el efecto mágico de la Sabana -hoy cuelga del horizonte una preciosa luna llena del color del ámbar- y el hecho de estar observando la vida de los animales salvajes en su propio hábitat, pero lo cierto es qu...







