Horacio Bonaplata
34.— HORACIO SIEMPRE ESTUVO AHÍ. CONMIGO. Observando. Mucho antes de que yo llegara a Cela en su busca —antes incluso de que pudiera nombrar lo que realmente me empujó a ir a su lado—, Horacio ya había planificado el rastro que iban a dejar cada uno de mis pasos: huellas que él diseñó sin ruido, sin ceremonia, y sin marcha atrás. Y aunque era yo quien creía avanzar por voluntad propia, era él quien siempre me salía al encuentro, en cada recodo, en cada esquina, poniéndome la mano —invisible, firme— sobre el hombro para que la dirección fuera la correcta. Y así, sin yo saberlo, se abrían las puertas que debía cruzar y se quedaban apenas entornadas aquellas a las que solo convenía asomarse, porque fue el tiempo el que luego me enseñó que hay umbrales que, si se atraviesan, envenenan la sangre. Y yo, inconscientemente, me dejé conducir, sin resistencia. Por eso le permití soltarme antes de echar a correr —y entonces yo corría como...

