Carreteras secundarias. Una visión artesanal de la IA para jóvenes abogados

 


Hay aprendizajes a los que no se llega cuando se alcanza el objetivo buscado, sino a medida que recorremos con calma el trayecto que separa el problema que tenemos entre manos y su solución. Porque hay lecciones que no aparecen al final del camino, cuando por fin alcanzamos la respuesta, sino durante la búsqueda: en la demora que exige seleccionar documentación, en el rodeo necesario al que obliga la ignorancia, en la interrupción inesperada a la que nos lleva el interés por lo desconocido, en el estímulo insuperable que produce toparse de repente con aquello que no íbamos buscando y que, sin embargo, acaba ocupando toda nuestra atención.

He pensado en ello estos días, al hablar con algunos jóvenes abogados sobre la inteligencia artificial, su potencia y sus riesgos. Vivimos un tiempo seducido por la velocidad, por la eficacia inmediata del aquí y el ahora, por la seducción narcótica del atajo. Pero no estoy seguro de que llegar antes signifique siempre comprender mejor. Y tampoco de que una profesión como la nuestra pueda permitirse renunciar, sin coste, a la parte más lenta y fértil del aprendizaje.

Yo nací en un cruce de caminos, en un lugar rodeado de olivas, encinas y chaparros que se levantaban entre roquedales azotados por el aire de Sierra Morena, un enclave donde se encuentran el norte y el sur, el oriente y el occidente: Bailén.

Quizá por eso entendí muy pronto que en la vida importan los destinos, sí, pero también —y a veces mucho más— los caminos que nos llevan hasta ellos.

En la España en la que me crié y crecí, las autopistas y los raíles de vía ancha no formaban parte de nuestro paisaje cotidiano. A nosotros nos tocó circular por carreteras secundarias, a velocidad reducida, sorteando baches, esquivando el paso desgarbado de los perros vagabundos y el andar cansino de los tractores que embarraban la calzada con un rastro de arcilla reseca. Esas eran las vías modestas que enlazaban mi mundo con los lugares exóticos y desconocidos que se abrían fuera y que buscábamos con el aturullamiento propio de la adolescencia.

Y fue allí donde aprendí algo que me empeño en no olvidar: que el camino, de forma inesperada, puede terminar convirtiéndose en el verdadero protagonista del viaje. Aquellos destinos, a veces inaccesibles, me enseñaron que los trayectos están repletos de acontecimientos que no podemos permitirnos perder ni dejar pasar de largo.

Recuerdo cunetas de Extremadura, poco transitadas, en las que descansaba mi mochila y donde aprendí la emoción que también arrastran la espera y la ausencia de prisa. Me viene a la memoria una plaza ochavada, decorada con azulejos y con acento del sur, en la que alguien me invitó a un café mientras aguardábamos un autobús retrasado por las obras de la A-92, camino de Sevilla. También recuerdo cielos nocturnos de Almería, sobre un desierto limpio y constelado, cruzado por el trazo fugaz de una estrella, mientras la luz intermitente de un coche averiado agujereaba la oscuridad de un cruce en obras. Y bares de carretera, con luces de neón y barras de aluminio sobadas por brazos de camioneros, donde el café hirviendo espantaba los bostezos cansados de la vuelta a casa.

En esas carreteras secundarias escuché otras voces, vi gestos distintos y aprendí que la vida podía latir con un ritmo diferente al que movía cotidianamente mis días. Y fue precisamente en ese tránsito donde asumí como propias vidas que no eran mías, paisajes que no me correspondían y otras tantas cosas que, con el tiempo, han terminado marcando no pocas de las decisiones que, al final, han definido aquello en lo que me he acabado convirtiendo.

En el Derecho me ha sucedido algo muy parecido.

Muchas veces, en las lecturas verticales que hacía mientras estudiaba una acción concreta o una determinada figura jurídica, me he encontrado con comentarios, sentencias o notas que no tenían nada que ver, en apariencia, con lo que yo estaba buscando. Sin embargo, algo en ellas me obligaba a detenerme. Y, al pararme, casi sin darme cuenta, iba llenando huecos que mi formación había dejado abiertos o que todavía no había sabido cerrar.

Buscando a mano, entre voluminosos tomos de jurisprudencia, una respuesta para un problema sobre el que tenía que pronunciarme, más de una vez he encontrado la clave de problemas que aún no se me habían planteado. ¿Os dais cuenta? El camino me estaba preparando de un modo natural, casi inadvertido. Bastaba con estar atento y conservar viva esa ambición. Y eso, con el transcurrir de los años, me ha hecho mejor persona y también mucho mejor abogado.

Porque aprender no consiste solo en alcanzar la solución. Aprender exige demorarse lo suficiente como para entender y asimilar todo lo que rodea la búsqueda. Los atajos, a veces, nos permiten ahorrar tiempo; pero, si nos acostumbramos a tomarlos como única opción, no me cabe duda de que limitarán la experiencia, el contexto y el criterio, privándonos de herramientas imprescindibles para el conocimiento y, con el tiempo, para la sabiduría que debe presidir nuestra actuación profesional.

Por eso creo que es crucial fijar el destino con claridad y con cabeza. Porque saber adónde vamos define el viaje. Pero no debemos dejarnos eclipsar por la emoción de la llegada. No debemos despreciar el camino preciso, paciente, a veces más lento, que es el que de verdad nos acabará formando.

No lo dudo. La inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria. Nos acerca con rapidez —a veces con demasiada prisa— a aquello que queremos alcanzar. Nos ayuda, nos orienta, nos resuelve muchas cosas. Y sería absurdo negar su utilidad. Pero, como profesionales, y más aún si queremos ser buenos profesionales, no podemos permitirnos perder el camino que exige el aprendizaje.

Porque una respuesta rápida no siempre equivale a un conocimiento verdadero. Porque llegar antes no siempre significa comprender mejor. Y porque, en esta profesión y en casi todas, lo que acaba sosteniendo de verdad a una persona no es solo saber adónde quiere ir, sino haber recorrido de verdad el camino que la ha llevado hasta allí.

Sierra Nevada, 21 de marzo de 2026.

José Ramón Parra Bautista.

Lealtadis Abogados

 

Comentarios

  1. Como siempre, honda sabiduría de olivar, salitre y pupitre... No puedo más que estar de acuerdo y agradecer (y avergonzarme a la vez) de haber tenido que esperar a este texto para descubrir el uso del epíteto "constelado". Sólo por ello, ya me voy contento a dormir, esperando dónde me llevará mañana el cierzo...

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

La única obligación es ser respetuoso…, nada más.

Entradas populares