A propósito del corazón de las máquinas

 






Se llamaba Nino, y todos en el barrio coincidíamos en que tenía el corazón de lata. Lo decíamos porque llevaba siempre un tiragomas colgado del cinto y no dudaba en espantar a pedradas a cualquier bicho viviente que se cruzara en su camino, domesticado o no. Había en aquella crueldad infantil una forma primaria de poder, una manera torpe de afirmarse sobre lo débil. Para Nino, el mundo que lo envolvía se había creado para ser dominado antes que comprendido o simplemente respetado.

Pese a todo, Nino era persona. Tenía nombre. Su sombra se aplastaba contra el suelo al mediodía y contaba con ciertas obligaciones y derechos. Podía hacer daño, pero también soportaba nuestros insultos; se equivocaba, pero allí estábamos los demás para recordárselo. Su corazón de lata no le expulsaba de la comunidad del barrio. Al contrario: precisamente porque pertenecía a ella, porque formaba parte de ese extraño pacto de convivencia que nos permite vivir juntos sin devorarnos, el Derecho podía alcanzarlo, limitar sus actos, protegerlo y exigirle responsabilidad.

Años después, ya en Granada, aprendí que el Derecho también era capaz de llamar persona a ciertos artificios. Sí, artificios. Porque las sociedades mercantiles no respiran, no recuerdan la infancia, no padecen el miedo ni esperan la muerte. Sin embargo, pueden contratar, adquirir bienes, endeudarse, demandar, ser demandadas y arruinarse. Son personas jurídicas: ficciones útiles, criaturas levantadas por la inteligencia del Derecho para ordenar la vida económica y permitir que la voluntad humana actúe más allá de la mera presencia física de los individuos.

Entonces me pareció natural preguntarme si algún día habría que añadir una tercera criatura a ese catálogo: las personas electrónicas. Si una máquina puede decidir, aprender, interactuar, causar daños, sustituir tareas humanas y operar con una autonomía creciente, quizá el Derecho tenga que encontrar para ella un lugar propio. No porque tenga alma, ni porque sueñe, ni porque pueda experimentar la conciencia trágica de su propia muerte, sino porque toda forma de poder que actúa en el mundo termina reclamando una forma de responsabilidad.

Pero hoy la pregunta me inquieta de otro modo. Ya no me preocupa tanto si las máquinas llegarán a parecerse jurídicamente a nosotros, sino si nosotros acabaremos pareciéndonos demasiado a aquello que las máquinas nunca deberían ser: piezas reemplazables, unidades productivas, engranajes prescindibles de una economía sin rostro, carente de alma.

La inteligencia artificial no es una fantasía de laboratorio ni una extravagancia de novelistas fatigados por el futuro. Está aquí. Redacta nuestras propias emociones, calcula, clasifica, traduce, diagnostica, programa, selecciona, predice, conduce, vigila, recomienda y, a veces, hasta dejamos que decida. Puede hacerlo todo con una velocidad que desconcierta y con una eficacia que seduce. Y, como ha ocurrido tantas veces en la historia, cada nueva herramienta promete liberar al hombre de una parte de su carga, pero también amenaza con desplazarlo del lugar que ocupaba en el mundo.

Sería ingenuo negar su potencia. La inteligencia artificial puede mejorar la medicina, la educación, el transporte, la agricultura, la investigación científica, la gestión de los recursos y la organización de las ciudades. Puede evitar trabajos penosos, peligrosos o insalubres. Puede abrir posibilidades de prosperidad que apenas alcanzamos a imaginar. Pero sería igualmente ingenuo olvidar el envés de esa promesa: la sustitución de empleo, la concentración de riqueza, la pérdida de sentido de muchos oficios, la fragilidad de los sistemas públicos sostenidos sobre cotizaciones laborales y el riesgo de que demasiadas personas sean empujadas hacia una vida socialmente invisible.

Porque el individuo no puede ser entendido sin su dimensión social. Somos seres gregarios. No vivimos primero como islas para reunirnos después por cálculo o por miedo. Llegamos al mundo dentro de una lengua, de una familia, de una calle, de una ciudad, de unas reglas, de unos afectos y de unas instituciones que nos preceden. Incluso nuestra soledad tiene forma social, porque solo se siente solo quien sabe que existen los otros, los demás. A esos otros a los que se quiere, se necesita o se detesta

Por eso, cuando hablamos de inteligencia artificial, no hablamos solo de máquinas. Hablamos de convivencia. Hablamos de qué lugar reservará la comunidad a quienes no puedan competir con la eficacia del algoritmo. Hablamos de si el progreso técnico será capaz de sostener una vida digna para todos o si, por el contrario, aceptaremos que la eficiencia se convierta en la última forma de legitimidad.

Quizá algún día discutamos con seriedad si determinadas máquinas deben tener personalidad electrónica. Pero antes de conceder corazón jurídico a los artefactos, deberíamos asegurarnos de no haber arrebatado el corazón social a los hombres. Porque una civilización no se mide por la inteligencia de sus máquinas, sino por la dignidad que conserva para quienes dejan de ser útiles a ellas.

En la ciudad de Almería, a cuatro de mayo de 2026.




Comentarios

  1. Josu Echeverría Larrañaga4 de mayo de 2026 a las 14:17

    Querido Pepe,
    ¿No indicas precisamente tú el antecedente cuando hubo que dotar de personalidad a ciertos entes como las sociedades y/o las asociaciones? ¿Qué hemos aprendido de aquéllo? ¿En qué nos ha beneficiado y en qué nos ha debilitado/perjudicado?

    Con todas las enormes diferencias que hay con la situación actual, creo que hay una similitud importante: al final (al menos por ahora), siempre sigue habiendo personas. En las personas jurídicas como administradores o accionistas; ahora como los que han configurado el algoritmo o las reglas nucleares de las IAs... No nos engañemos, seguimos siendo humanos entre humanos, humanos con humanos, humanos contra humanos...

    Abrazo fuerte

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Querido Josu, soy un defensor de todo avance y mucho más de la IA… creo que no debe ser incompatible con defender a las personas, el empleo y la necesaria solidaridad. Tengo claro que eso se conseguirá haciendo que las máquinas sean objeto de imposición. Acabarsm teibutando seguro y para eso habrá que dotarlas de cierta personalidad. Al tiempo. Abrazos amigo mío!!!

      Eliminar
  2. El anónimo soy yo!!!!

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

La única obligación es ser respetuoso…, nada más.

Entradas populares