La Muria
Hace tiempo, recorriendo tierras de vinos y bodegas, aprendí todo cuanto se esconde detrás de cada botella; y que ciertos vinos no solo cuentan con la magia de llenar una copa, sino que pueden colmar un instante concreto que acaba recordándose luego una vida entera.
Como puede verse en la foto, dejé apoyada la botella sobre la mesa cuando la tarde se desplomaba sobre el horizonte y el sol ardía incandescente sobre los contornos del día, minutos antes de dejar un paisaje oscuro que soportaba a duras penas las embestidas del mar agitado por el levante. Abajo, desde las Almadrabillas, me llegaba el bullicio de una fiesta. Dos filas de sillas disparejas —unas de madera y otras de latón pintadas de verde—, enfrentadas entre sí, formaban un pasillo central que se adentraba hasta el umbral del belvedere, decorado con largas tiras de luces de colores, farolillos y banderines, desde el que divisaba el cable francés: un muelle abandonado tendido sobre el mar, armado con cemento y un entramado de hierro podrido por el óxido, donde anidaban las gaviotas.
Lo sabía. No iba a tardar en quedarme dormido, abandonado a la fatiga de un día largo, mientras en el cielo flotaban, esparcidas sin orden alguno, briznas transparentes de nubes grises que habían quedado rezagadas tras la última borrasca. Recuerdo que el viento olía a azafrán y que, mirando aquella botella, cuyos reflejos recogían los últimos rayos de luz, no tardé en comprender que el silencio puede esconder a un sabio, como solía repetir mi padre, pero también que, manteniéndose callado, un completo inútil puede pasar por inteligente. Por eso procuro escuchar antes de pedir una opinión, pensármelo bien antes de ofrecer la mía... y conocer bien una bodega antes de descorchar un vino.
En el tiempo que duró la oxigenación, apenas media hora, solo oliendo lo que la botella exhalaba, me di cuenta de que La Muria pertenece a esa estirpe de vinos que, arraigados en lo más profundo de una tierra despoblada, son capaces de expresar con sinceridad el sabor del paisaje familiar donde nace una uva que durante demasiado tiempo permaneció casi desconocida para mí: la mencía.
Me lo bebí cuando tocaba. Y con ella a mi lado. Despacio. Y lo disfrutamos muchísimo los dos, buscando entre la miríada de sabores que se nos regalaban recuerdos de la arena, la arcilla, la pizarra y los cantos rodados pisoteados por los caballos sobre los que había crecido las parras centenarias, sintiendo las notas que los vientos de altura imprimen en una uva nacida para contar y ser testigo del lugar del que procede.
Desperté luego en mitad de la noche. Aplastado por la luz, no podía abrir los párpados por más esfuerzo que realizaba. Durante unos segundos no supe si seguía soñando o si aún permanecía sentado frente al mar, con la copa casi vacía y la botella todavía sobre la mesa. Entonces comprendí que los recuerdos fermentan dentro de uno igual que los grandes vinos: despacio, sin hacer ruido, hasta que un día descubres que han cambiado tanto y para siempre que también cambia tu manera de observar el mundo.
Y te das cuenta de que el verdadero lujo no es beber un vino extraordinario, sino encontrar el momento exacto para compartirlo con quien no quieres que se aparte nunca de tu lado.
Almería, a 13 de julio de 2026.

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