El gamo y el león


 

Acabo de interrumpir el tratamiento que me recetaron para prevenir la malaria. Llevo dos días con unos sueños insistentes y muy vivos. Y aunque sé que carecen de sentido, no puedo evitar despertarme sudando en mitad de la noche, mirando de uno al otro lado, desorientado y con la respiración agitada, sin saber muy bien de quién huyo o qué es lo que estoy buscando.

Me han dicho que este es uno los efectos secundarios de la pastilla que a diario me debería de tomar durante varios días. Un efecto tan raro como inocuo, pero yo ya tengo claro que las voy a dejar. Se acabó. Tampoco creo que esté la cosa como para ir contagiándome de una enfermedad rara en los pasillos de un hotel de lujo, por mucho que esté enclavado en mitad del Serengueti. O al menos eso creo.

Imagino que será por el efecto mágico de la Sabana -hoy cuelga del horizonte una preciosa luna llena del color del ámbar- y el hecho de estar observando la vida de los animales salvajes en su propio hábitat, pero lo cierto es que esta noche he soñado contigo y con la cría de gamo a la que no sé si logramos salvar aquel día o, por el contrario, terminamos condenando a una muerte aún más grosera. Ella también sola. También en mitad de la noche… Aún recuerdo aquel rostro embozado con una careta de ovas pegada como una segunda piel que no la dejaban respirar; su mirada altiva mientras nos embestía al arrimo de la sombra de un acebuche. A nosotros que acabamos de sacarla de aquella alberca infectada de serpientes y algas. Pero esa era su naturaleza. Pelear hasta el último suspiro.

En la pesadilla yo corría por el camino abajo, distraído, perseguido por Canela que se cruzaban de uno al otro lado, jugueteando, brincando con cada ladrido, y tú gritabas desde lejos para llamar nuestra atención. Sostenías al pequeño animal entre los brazos, porque en el sueño el gamo se dejaba sujetar, y me pedías que parara, que me volviese. Justo al detenerme para darme la vuelta, apareció detrás de ti. Como una amenaza a la que iba a ser imposible hacer frente. Era un león de dimensiones bíblicas, con la cabeza coronada con una melena despeinada por el viento, del color de la hierba agostada. Caminaba despacio y el cuerpo se le balanceaba de uno al otro lado mientras dejaba ver unas fauces en las que se amontonaban los colmillos.

Olía a menta. Un olor dulce. Por todos lados.

Y yo eché a correr hacía ti, apretando los puños, por la rambla hacia arriba, dejando atrás los olivos y las matas con pinchos en las que punteaban delgadas flores de colores. Pero no me dio tiempo. Entre los ecos amplificados de los rugidos del animal salvaje, confundidos con el estruendo de los truenos, el fogonazo brillante de un relámpago quebró aquella estampa, y enseguida todo se oscureció de repente, para que un velo negro, como una boca sin fondo, os engullera a la cría y a ti. Y aunque lo busqué, ya no encontré el olor a menta que desprendían los matorrales que nos rodeaban. Todo olía entonces a podrido y azufre, mientras comenzaba a llover intensamente y el agua salpicaba en la tierra del camino para borrar las huellas de mis pisadas. En ese momento se me abrieron los ojos. Y me toqué para cerciorarme de que seguía vivo, para darme cuenta que estaba empapado en sudor, con el corazón empujando con violencia contra las costillas y el pecho. Para entonces las gotas de lluvia se habían transformado en lágrimas que se descolgaban mejillas abajo. Sin control. Sin consuelo. 

 No voy a volver a tomar esa píldora. Voy a dejar de recordar. Y voy a apagar las pesadillas. Porque nada puede durar siempre.

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