Sombras

 



Finalmente nos hemos convertido en sombras. Sombras sin peso, ni contorno, como velos invisibles que flotan ingrávidos, abandonados al antojo del viento. Figuras oscuras, sin luz ni perfiles, carentes de forma concreta, que ocupan el espacio denso que envuelve todo lo que pudo haber sido y ya no va a ser.

Y así nos aparecemos cada mañana, en el despertar de otras personas, en otros dormitorios, bajo distintas sábanas, observando la mesa de noche y la ventana entornada por donde apenas entra la luz, para convencernos de que todo sigue igual que cada uno de los días anteriores. Por esa razón nos hacemos visibles cuando torcemos las esquinas y una riada de personas distraídas se cruzan de lado a lado, ajenas a que en ese momento nos hemos atravesado en su mirada, confundidos entonces por un mechón de pelo largo que brilla cuando por el cabello se resbala la luz, o en una cana despeinada, blanca como la nieve, que se aprieta contra la boca del estomago, con un mordisco. Y por un momento se hace el milagro que permite que la respiración se ralentice y el pecho se acelere, y se cierran los ojos y se despliega una sonrisa tenue, casi inapreciable, hasta que la realidad desvanece toda posibilidad de redención.

Y es que la vida sigue, a veces a rastras, otras con agilidad, advirtiendo que no se va a detener, porque cada uno ha elegido su camino, porque ahora conocemos que solo la eternidad es duradera y real, y el resto, el resto somos contingentes. Pasajeros, como el recuerdo que acaba borrándose a fuerza de querer retenerlo.

 

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