Horacio Bonaplata

 



34.— HORACIO SIEMPRE ESTUVO AHÍ. CONMIGO. Observando. Mucho antes de que yo llegara a Cela en su busca —antes incluso de que pudiera nombrar lo que realmente me empujó a ir a su lado—, Horacio ya había planificado el rastro que iban a dejar cada uno de mis pasos: huellas que él diseñó sin ruido, sin ceremonia, y sin marcha atrás. Y aunque era yo quien creía avanzar por voluntad propia, era él quien siempre me salía al encuentro, en cada recodo, en cada esquina, poniéndome la mano —invisible, firme— sobre el hombro para que la dirección fuera la correcta. Y así, sin yo saberlo, se abrían las puertas que debía cruzar y se quedaban apenas entornadas aquellas a las que solo convenía asomarse, porque fue el tiempo el que luego me enseñó que hay umbrales que, si se atraviesan, envenenan la sangre.

        Y yo, inconscientemente, me dejé conducir, sin resistencia. Por eso le permití soltarme antes de echar a correr —y entonces yo corría como si me persiguieran las voces de los muertos que luego fui conociendo—; y otras que me retuviera, anclándome al mundo que también se sujetaba allí conmigo, sin movimiento, aunque yo no lo entendía, a pesar de mis protestas inútiles. Y dejé que cuanto me rodeaba ardiera en un minuto, para que él, a mi lado, en calma, pudiera congelarlo al instante: bastaba una frase suya, un silencio, una mirada, para que todo recobrara su orden natural. Hubo días en que me obligaba a moverme a ras del suelo, pegado a la tierra, sin levantar la frente; y otros en que, sin decir nada, me dejaba volar como se echa al vuelo una hoja cuando el viento la arranca de cuajo de una rama. Así fue como maestro; y así sigue siéndolo aún hoy, muerto ya, pero vivo en mí, en la forma en que miro, en la forma en que callo, en la forma en que ahora quiero gritar. Que quiero llorar.

        Y quizá por eso —porque él no merece la traición que significa su olvido— necesito detenerme un instante. Porque desde que Horacio falta, la niebla que nubló su memoria ha empezado a ocupar los huecos de la casa Bonaplata como si transitara por caminos conocidos, por lugares que ya ha conquistado. Y no quiero rendirme. No sería justo.

        Así que, antes de seguir narrando lo que ocurrió aquella tarde en Granada, debo compartir, tal como la he encontrado, la carta que Horacio escribió para mí cuando aún resistía y era dueño de lo que le crecía y le atravesaba la cabeza. La dejó guardada en su cartera, entre el Libro de Anticristo y un manojo de papeles amarillentos que olían a viejo; a una vejez húmeda y apestada como el barro. La he leído ahora, cuando Agustín me ha entregado aquel maletín de piel oscura y raída con la calma de quien cumple lo comprometido, como si al fin se liberara de ese peso; y al abrirlo, por un instante —no sé si por el polvo o por otra razón— me pareció ver el rojo de unas amapolas donde no podía haberlas.

        Cela, a dos de mayo del año dos mil veinticinco.

        Querido Mario:

        Nuestros vecinos los franceses dicen que decir adiós es morirse un poco. Y sí: es así. Yo lo sé. Y aunque mi cuerpo —por ahora— no hace más que amenazar con deshacerse, tomémoslo como un amago, sería necio fingir que no ha llegado la hora de despedirse. Porque ahora sé qué es lo que me acorrala; lo que no deja de empujar por dentro, haciéndose hueco. Hay una sensación silenciosa y fría que se arrastra dentro de mi cabeza, tragándose lo que encuentra a su paso, consumiendo lo que he sido, lo que me ha dado vida, como si una pesadilla se alimentara de mis recuerdos. Y sé que no va a parar hasta hacerme olvidar quién soy.

        Es como una niebla que cada mañana se levanta delante de mí en cuanto me nota despierto, y que, de momento, se disipa conforme avanza el día. Solo de momento. Me han asegurado que ha agarrado en lo más profundo: en eso que me une con los míos. Y que esta vez sí, viene para llevárselos a todos definitivamente. Uno a uno, poco a poco, pero arrasará con todo lo que coja a su paso.

        Me angustia no saber dónde va a acabar todo esto. Aunque, por raro que te parezca, es esa angustia de lo desconocido la que me permite enfrentarme a la Nada que me espera: yo la presiento en una quietud silenciosa, terrible y vacía, completamente vacía, que solo puedo combatir con mi fe. En ese combate no hay armas visibles; apenas una oración, una vela, y San Cristóbal, en una obstinación humilde que se niega a desaparecer.

        Mi querido Mario, voy camino de ser pasto del olvido al que todos estamos condenados.

        No me creas rendido. Aún me queda guerra. Pero hace años entendí que la resignación, en mi caso, no era cobardía sino sensatez: la forma más limpia de mirar el tiempo que resta sin gastarlo enfrentado a una rabia inútil. Resulta curioso cómo el paso del tiempo sepulta las cosas que en su día importaron, y en este momento lo único que realmente me interesa es disponerme para convertirme en espectador tranquilo de los pocos o muchos días que me queden por delante. Ahora, para mí, eso es suficiente: sentarme en el borde de la vida y verla pasar, como se ve pasar un río cuando ya no quiero ni puedo cruzarlo.

        Julia se fue tan deprisa… que no hubo margen para nada, salvo sentir el dolor vivo, punzante. Para que la ausencia que dejó atronara mi propia existencia. Y no quiero repetir aquel error. Entonces nos creí inmortales y no asumí que el regalo de la vida no nos había sido otorgado para durar eternamente; así que cuando quise darme cuenta ya era tarde: Julia estaba postrada, ya sentenciada, y yo solo supe esconderme en un rincón. Ovillado. Como si la cobardía sirviera de conjuro para tanto dolor.

        Recuerdo el momento en que el médico me advirtió que el tiempo se había agotado. Y confieso que quise echar a correr, como si la muerte fuera un incendio del que uno pudiera salir por la puerta de atrás. Pero Magdalena me cerró el paso; se me plantó delante de la puerta y me obligó a volver la cara hacia la cama donde Julia agonizaba, la habitación donde se podía oler su sufrimiento, porque el sufrimiento —cuando es verdadero— tiene un olor que impregna las paredes, las cortinas, los muebles y el mismísimo aire.

        Ella ya había dejado de dar señales de vida cuando, de repente, abrió los ojos y me sostuvo la mirada. Sonrió apenas. Y, sin palabras, me regaló su despedida: elevó las manos y, muy despacio, dejó que viera cómo su mano izquierda acariciaba el anular de la derecha, haciendo girar nuestra alianza en su dedo. Luego parpadeó dos veces, escondió el anillo en la palma, y cerró el puño… Y así se fue para siempre. Sé que ese gesto se repite en alguna parte, sé que ella espera.

        Mario, desde esta vejez que ya no me engaña, si algo he aprendido, como te dije un día, es que solo hay algo peor que conocer la verdad: temerla. Yo ya no temo lo que me espera. Ahora sé que lo único que da sentido a una vida imperfecta es aceptar que no va a durar para siempre. Y aceptarlo no como una derrota, sino como una ley antigua que nos convierte en iguales.

        Ha sido una noche larga. Como mi vida. Oigo las campanadas del reloj del salón. Sigue atrasando, como siempre: cinco minutos. Al otro lado de la ventana la mañana clarea; la casa, en cambio, permanece a oscuras, con esa calma salvaje que se reservan los lugares donde pesan las ausencias. Y son demasiadas. La oscuridad se ha tragado las paredes amuralladas de libros, la mesa de mi despacho, el suelo. El Ojo.

        Pero no perdamos más tiempo, porque ya no lo tengo y necesito ser sincero contigo. Hay decisiones que no admiten demora.

        Mi padre solía repetirme una frase cuando la vida empezó a tratarme bien: Memento mori. Se la susurraban a los generales victoriosos en Roma para que no olvidaran que eran mortales. Simples hombres. “Recuerda que morirás”. Y precisamente por eso, Mario, te pido que seas bueno contigo y con los demás. Cuida de Marina. Educad bien a los hijos que vendrán. Eso es lo único que espero de ti. Eso es, en el fondo, la única obligación que Cela te lega.

        Lo demás lo dejo a tu criterio y al de Marina.

        Agustín te hará llegar mi maletín y con él esta carta. Aún no lo sabes, pero eres mi único heredero. Todo cuanto te rodea ya es tuyo: la casa, el despacho, los papeles… salvo unos dineros que he adscrito a una pensión vitalicia para el bueno de Agustín, que tanto bien ha hecho por este viejo letrado y al que, me temo, tanto voy a deber en los días oscuros que se acercan. No te extrañes: así debe ser. Nadie atraviesa solo la noche, y yo sé quién me va a acompañar en el último tramo de la mía.

        Tú bien sabes que el mensaje de las piedras de San Cristóbal descansa confinado entre sus muros, custodiado por Cela durante varios siglos ya, imperecedero, reservado solo para los justos, para aquellos que gozan del don del arrepentimiento y la contrición. Para los que se han hecho dignos herederos de la luz y la verdad que se encierra en ella. Tú has de ser uno de los nuestros: ése es el lugar que desde el mismo día de tu nacimiento te tenemos reservado, pero, por mucho que pueda pesarme, para esa misión yo no puedo prestarte más ayuda. La búsqueda del bien, la opción que al final nos hace libres, es una lucha que ha de librarse en solitario. Dentro de cada uno. Nadie se puede permitir rezar por otro al cabo.

        Aquel día, en mi despacho, me juraste callar y yo te pedí que no traicionaras el silencio que habías jurado. Teníamos que mantener oculto todo cuanto nos fue revelado, las causas que determinaron los trágicos sucesos que hemos vivido en Cela. Créeme: aunque puedas no entenderlo todavía, tuve mis razones para exigirte tal obligación. Demasiado dolor había a nuestro alrededor para seguir malgastándolo gratuitamente. Ten por seguro que hay penas que se purgan mejor en solitario.

        No obstante, creo llegado el momento de levantarte el juramento que en su día prestaste. Ahora toda esa información es tuya. Úsala como creas justo. Yo ya di el paso que me correspondía devolviendo el gran vitral a la fachada de San Cristóbal. A su lugar original. Lo demás te pertenece: ahora tú —y solo tú— eres el dueño del secreto. 

        Entre la documentación que te entregará Agustín, encontrarás los negativos de las cinco fotos que te he enviado estos meses atrás. Cuando el tiempo te dé la perspectiva necesaria y tomes tu decisión, destrúyelos. Hay cosas que solo deben residir en la cabeza. En el papel, las confidencias, como los pecados, se vuelven peligrosos.

        Te entrego también lo que, aparte de tu familia, es ya la única referencia válida sobre la historia de nuestra iglesia: el Libro de Anticristo. Aprende de lo que enseña Fernández de la Testa y no temas a la verdad. Recuerda que para los cristianos buenos la muerte no es más que el principio. Que es con la muerte con la que se nos proporciona la posibilidad de una vida eterna. Ten fe y confía. Al final del día la señal de la cruz dirigirá tus pasos a la salvación.

        Ten fe y confía.

        “In hoc signo Vinces.”[1]

        Fdo.—Licenciado Horacio Bonaplata.

        P. D. ¿Por qué amapolas?… El día que me casé, junto a la casa había crecido un campo de amapolas rojas como el carmín. Casualidad o no, fueron cinco las que acompañaron nuestro matrimonio: las prensamos entre las hojas de un precioso libro de Sándor Márai para que fueran antídoto contra el olvido. Para que, cuando el tiempo pierda su impulso, esas rosas prueben que, a pesar de que el mundo se agote en silencio, nuestro amor alguna vez fue un grito. Son tuyas: para que recuerdes, para que tú no olvides.”

        Lloré. Y solo después de haber llorado, me permití doblar el papel y guardarlo de nuevo en la cartera, recordando la ciudad de Granada, envuelta en aquella oscuridad amasada sobre sus edificios, mientras la ambulancia rasgaba el silencio nocturno en el que nos habíamos instalado después de salir de la Facultad de Medicina, ya camino de nuestro hotel.


[1] "Con este signo vencerás"


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